Fronteras

Un cachorro de perro se calienta en una lumbre de fuego. Se encuentra justo detrás, alzado levemente, lo justo para guarecerse del frío al percibir el calor. La imagen es una fotografía perdida, sacar la cámara a eso de las ¿cinco, seis? – no lo recuerdo- de la mañana, cuando empieza a amanecer, en un puesto fronterizo entre Burkina Faso y Malí, no es la mejor idea. Causaría un alboroto. Nada sería como debería ser. Habría que dar demasiadas explicaciones en medio de la nada.

Uno de los militares que se encuentra junto a todos los viajeros que van en el autobús va vestido con un abrigo de piel –real o artificial, pero peludo-. Sí sí, de pelito negro. Es precioso, yo tengo uno parecido en España, de los tiempos de mi abuela, del rastro de Madrid. 10 euros. El militar es bien atractivo, y la luz de ese momento del día le enfatiza los rasgos de su cara. Encima del abrigo, una kaláshnikov. Otra fotografía perdida.

Contra el muro del edificio unos tres muchachos atados de manos sentados en el suelo. ¿Qué habrán hecho? Son “bandidos que querían entrar a nuestro país sin nuestro permiso”, me dijo un militar cuando me quedé mirándolos al alejarme de allí para ir al bus.

En la espera para sellar el pasaporte hay quienes se sientan en un banco de madera, frente a una televisión donde France24 informa de que en Europa la gente se está muriendo, literal, de frío. Comentarios entre los viajeros, que proceden de Togo, Níger, Burkina Faso, Mali. Y una española (eso soy yo :P). Mientras tanto, yo tirito de frío y la gente también se cubre. Bromeo con una amiga nigerina que he hecho entre tanta subida y bajada de puestos, descansos, pisser, y revisión de documentación.

Frente al edificio, una fila de togoleses. Son los primeros en mostrar los papeles. Los van llamando de uno en uno al interior. Nota: en los puestos fronterizos al pararse el bus un militar se pone en la puerta y, mientras los pasajeros descienden, van dándole la tarjeta de identidad o pasaporte. Luego la gente se dirige hacia el edificio donde te lo devuelven, con el sellito, en los casos necesarios (como es el mío). Sigo. Los togoleses que entran dan unos cuantos francos CFA (moneda utilizada en África occidental y central) y siguiente. “¿Cuánto están pidiendo?”, pregunta mi amiga nigerina, sin cortarse un pelo. Y nos ponemos a comentar lo que piden en cada frontera para entrar a Burkina Faso o a Mali. Les muestro el mapa del ‘google maps’ en el móvil. “Aquí 2.000 CFA, aquí 10.000 CFA”. “¿10.000?”, se sorprende mi amiga. “Sí, sí, y de primeras les pedían 24.000”, le respondo. “Qué sinvergüenzas”. Y una vez más, pues es un secreto a voces, la chica entre risas, bromas y sorpresa lo cuenta a otros viajeros.

Los países de África Occidental están unidos en una Comunidad Económica llamada CEDEAO. Es algo así como la Unión Europea y, en teoría, una de las ventajas que ofrece esta comunidad es permitir a los nacionales de cada uno de los países que la conforman ir y venir sin pasaporte ni visado. Pero no es cierto. En la práctica hay que pagar, mínimo 1.000 CFA (que serían un euro y medio). Ya están acostumbrados, pero el debate sobre que no habría que pagar nada renace una y otra vez en cada viaje.

“¿Y tú, cuánto pagas? Al ser blanca te pedirán más”, me dice la nigerina. “Yo nunca pago en los puestos de las fronteras. Me lo piden, lo mismo que a vosotros, pero consigo que no pagar”, le respondo. A veces argumento que ya pagué el visado, y lo muestro y digo cuanto fue. En ocasiones se escandalizan ellos mismos con los precios, como si los desconocieran, y me lo dan dejándome ir sin más. O diciéndome que alguna vez querrían venir a España, que cuánto es el visado para ir y que si les ayudo. Otras veces el militar me liga y yo soy simpática y me dejan marcharme. Una vez, ya habiendo sellado el visado, un militar se subió al autobús y, mientras yo entraba aún con el pasaporte en la mano (nunca mais), me lo quitó. Yo hice como si no me importara, se lo dejé, me senté en mi sitio con supuesta indiferencia. Al minuto el tipo me habla, le sonrío y respondo, me pide el teléfono. “¿El de Costa de Marfil o el de Mali?” No me acuerdo cuál escogió. Yo estaba tan hastiada de aquel viaje de 25 horas que acepté darle el teléfono a sabiendas de que se tiraría semanas llamándome. Sin respuesta. Tras anotarlo, el pasaporte estaba en mi mano. Fronteras. Machismo. Corrupción. Así son estos lugares. La belleza de cruzar de un país a otro se salpica de todo eso.

La falta de dinero me está permitiendo conocer África desde diferentes perspectivas. Y conocer las fronteras terrestres, en lugar de tomar aviones, es una de ellas. Es positivo, aunque sea un incordio. Sé que tras haber hecho en autobús Ouagadougou-Accra, Accra-Ouagadougou, Ouagadougou-Niamey, Niamey-Ouagadougou, Dakar-Bamako, Bamako-Abidjan, Abidjan-Bamako, Bamako-BoboDioulaso, Ouagadougou-Bamako, ya me basta para tener una idea de lo que es el asunto. Sé que si tuviera pasta las evitaría y cogería el avión sin pensarlo.

Mis recuerdos son vagos. En la vuelta de Níger a Burkina el amanecer anaranjado en el puesto fronterizo con bandera nigerina al aire, me embriagó; en la de ida me moría de calor, el cristal quemaba, e íbamos apretadísimos en el bus. Estoy convencida de que mi compañero de viaje era alguno de esos chicos que cruzan varios países de África para intentar llegar a Europa a través del desierto y el Mediterráneo. No hablaba absolutamente nada, evitaba el contacto visual, se limitaba a enseñar su documentación cada vez que se la pedían, incluyendo un billete de 500 CFA o de 1.000 CFA en el interior. Algunos militares o policías cogían el dinero disimuladamente y seguían mirando la documentación de otros viajeros. Otros le hacían bajar del bus, junto a más gente que tampoco tenía los papeles en regla. Me dio apuro preguntarle quién era y hacia donde iba.

En la aduana de Costa de Marfil me llevé mi primer disgusto con los marfileños. Un policía pidió a todas las mujeres abrir sus maletas, maletas que muchas veces son bolsas enormes de colores y divertidos motivos y que se cierran con cremallera. Baratas y prácticas. “Cuanto antes empecemos, antes os iréis”, dijo aquel ser despreciable. Siento insultarlo, pero es que se lo merece. Lo que el hombre pretendía, lo que se supone que era su trabajo, era evitar que las mujeres llevaran telas desde Mali para vender en Costa de Marfil y, según él, “destruir la economía de su país”. El hombre robó, (lo hizo!, robo!) hasta a mujeres que llevaban una única tela para hacer un vestido para una boda o regalar a alguien. Ropa de bebé, todo lo que quiso con toda su autoridad. Corrupto. Sinvergüenza.

Lo de las aduanas es de guasa. En algunas abren todo, en otras basta con pagar 1.000 CFA cada uno para pasarlas sin registro alguno, en otras sólo lo hacen los comerciantes, pues son quienes más bultos llevan. Corrupción. Fronteras.

Cuando llegó mi turno le dije sonriente pero un poco brusca, “¿Quiere usted que también abra el mío?”. “No, tú no hace falta”, respondió. A lo que insistí, “¿está usted seguro? Igual también tengo telas que vender en Costa de Marfil y puedo destruir su economía”. Su respuesta fue, “¿Me das tu teléfono? ¿Nos vemos en Abidjan?”. Le dije que no, pero sonriendo. Autoridad… Machismo.

En las fronteras estos señores, con traje de “soy más que tú”, pueden hacer lo que les dé la gana. Suelen ser lugares en, o justo al lado, de un pueblo fronterizo, donde mujeres corren tras los buses cuando saben que van a pararse, con frutas, zumos, frutos secos… niños venden bastoncillos y pañuelos y hombres venden tarjetas SIM del país al que acabas de entrar o estás a punto de hacerlo. Estas zonas de África occidental además, son ahora también de nerviosismo. Ya han sido unos cuantos los puestos fronterizos o aduanas atacadas por terroristas, matando a los militares y, a veces, a algún civil. Recuerdo que al salir de Mali hacia Costa de Marfil me senté en un escalón a la espera de mi pasaporte y encendí la pantalla del móvil. Un militar me regañó. “¡Apágalo!”, me ordenó muy pero que muy serio. Era de noche. Apagué la pantalla pulsando el botoncito correspondiente y le pregunté a alguien que tenía cerca. “Tienen miedo… los yihadistas…”, me respondió. No entendí la relación, pero no saqué más el móvil.

A fecha de hoy el último de mis viajes fue de Burkina a Mali, hace dos semanas. Me cuesta mucho dormirme en los autobuses pero en aquel viaje, que comenzamos a las 22:00 horas, me quedé totalmente sobada. Boca abierta por momentos, soñaba que Virginia, mi mejor amiga del pueblo, estaba en los asientos de la izquierda, frente a mí, con una cámara de fotos, burlándose de mi adormilación. La gente pasaba por el estrecho pasillo sin parar, mi hermana Isabel también estaba allí. Yo estaba feliz. Entre la realidad y el sueño, no lograba despertarme. Pero aquel bullicio del pasillo había sido real. Cuando abrí los ojos tenía frente a mí a un señor que no sabía muy bien de donde había salido. Tardé en darme cuenta que se trata de un militar (me di cuenta por la kalashnikov, vamos) y que nos estaba regañando a los que estábamos allí. Tras verlo gritar sin comprender ninguna de sus palabras, ya más despierta le oí decir, “¡Tenéis que bajar todos!, ¡si alguien se queda aquí dentro el autobús no se va!”. Cuando conseguí levantarme con mi resaca onírica asomé la cabeza al bus y sólo estábamos tres mujeres y unos cuantos niños. “Madre mía, tanto grito para esto…”. Me bajé sin coger nada para abrigarme, sin darme cuenta de que era de madrugada ¡y hacía mucho frío! Cuando llegué al lugar, donde la gente hacía fila, conté, tiritando, lo que me había pasado a quienes tenía cerca, casi en susurro, por miedo a molestar a los militares, pero la gente se puso a reírse sin temor a represalias. Les sorprendía además que una blanca tuviera tanto frío. Risas.

En esa fila india entrábamos de dos en dos. La chica que salía entregó al hombre que tenía delante de mí 1.000 CFA discretamente. Secreto a voces. Entramos. El militar sentado en aquel amago de oficina austera cogió mi pasaporte. Y, como al resto del mundo me dijo, “1.000 CFA” sin mirarme. Yo aún dormida y con frío le respondí: “pero si yo ya he pagado 49.000 por el visado”. “Déjame ver”. Le echó un ojo durante un minuto, como descifrando un jeroglífico, y me dijo. “Eso es otra cosa, esto son servicios de…” (de no se qué, ya no me acuerdo, pero era un invento cachondo). Por no discutir dormida, decidí darle los 1.000 CFA. Pensé, “bueno, pobre hombre, le pagan mal y está en un lugar donde le pueden matar los yihadistas. Total, 1.000 CFA…” Y cuando saco el billete rojizo mi mente no puede evitar pensar, “¿te callas o le muestras tu desacuerdo?” Y justo al ofrecérselo mi boca habló sola, “Cogéis el dinero de la gente así…”, en un tono entre pregunta y desaprobación. El militar me respondió con el mismo tono tranquilo y pausado: “coge tu dinero”, dijo. Insistí, acercándoselo más, como si de un pastelito suculento se tratase. Chulería de sobada con frío, vamos. “Coge tu dinero”, insistió él pillando 1.000 CFA de otra persona y guardándolos en el cajón. “Gracias”, le dije mirándonos, y salí por la puerta guardando el dinero en mi monedero sin discreción alguna mientras la gente continuaba en fila. Estaba dormida, no me di cuenta. Corrupción. Fronteras.

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