La “suerte” de Bakondo

La mirada de Bakondo dice mucho pero para saber qué ocurrió tengo que preguntarle. Está postrado en la cama del hospital con la mirada hacia dentro. Con la tristeza en todo el rostro que se expande de su cabeza a la planta de sus pies. Me duele hacerle recordar aquello que pasó cuando Boko Haram llegó a su pueblo disparando a cualquiera que se cruzara en su camino y más tarde se divirtieran llamando una a una a las personas presentes para pegarles un tiro después. Bakondo tuvo suerte, una suerte relativa, una suerte entre comillas, por el simple hecho de que “sólo” perdió el brazo y no murió. El disparo que recibió en el hombro le destruyó el hueso en pequeños trozos y era irreparable. Había que cortarlo.

Bakondo (65 años) ha nacido en un lugar del mundo donde no tienes muchas opciones. Donde un seguro médico no va a pagarle de por vida una cantidad que le permita vivir. Ni el gobierno. Él es un pobre señor más que tendrá que buscarse la vida tras este duro acontecimiento. Y tampoco va a tener un psicólogo que le ayude a superar aquel trauma. Porque sí, es un trauma y su mirada perdida lo dice. Y su mujer lo confirma, “no quiere hablar mucho desde que ocurrió aquello”.

Bakondo es de esa gente que tiene tan poco que ni siquiera se podía permitir huir de esa zona donde Boko Haram causaba estragos. Lo perdía todo.  Quizás su única esperanza era rezar al buen Dios (como dicen aquí) para que Boko Haram nunca atacara su pueblo. El periodista especializado en África, Xavier Aldekoa, lanzaba una reflexión a través de un tuit tras enterarse de que un amigo suyo de Malí perdía la casa: “Y pienso que la pobreza, sobre todo, es ese vivir sin red. Ese dedicar todo el esfuerzo a un mañana incierto. Y si algo falla, todo se hunde”. Así se encuentra Bakondo quien, a pesar del esfuerzo que supone, me otorga el honor de recordar lo que pasó aquel día de miedo y horror y en cuyo desenlace acabó perdiendo el brazo. Y la sonrisa.

Creo que desde Europa pensamos que los negros están acostumbrados a sufrir. Pero es una gran mentira. Ya Gana, una chica de catorce años, me decía que ella había oído hablar de las más de 200 chicas de Chibok (Nigeria) que fueron secuestradas por Boko Haram. Que ella se había apenado por ellas. Que escuchaba hablar de Boko Haram y que le daban miedo porque mataban a la gente. Esa parte de la conversación fue similar a la que pudiera tener con una niña de catorce años en España. Ya Gana nunca imaginó que un día atacarían su pueblo y raptarían a su madre. Para ella era algo lejano a pesar de estar ocurriendo en su mismo país. Tenía una vida normal y tranquila. Ahora es una refugiada en Níger, país vecino, ¿quién se lo iba a decir?

Más lejos, al sur de Nigeria, miles de personas viven con un nivel de vida muy alto, muchos con un estándar europeo. Igual a los más jóvenes sus familiares les recuerdan la guerra civil en la que sufrieron calamidades pero, a día de hoy, muchos nigerianos no saben lo que es sufrir una guerra ni un ataque de Boko Haram. Si un día aconteciera, sufrirían como cualquiera de nosotros. En África hay muchos conflictos horrorosos pero en este continente no todo el mundo sufre la guerra. Sin embargo, a muchas otras como Bakondo, que viven intentando superar las dificultades propias del día a día (que no son pocas), un día la guerra se les acerca y lo pierden todo.

No sé qué pasará con Bakondo, sólo soy una periodista que se cruzó en su camino un día para hacerle recordar algo terrible y contároslo a vosotros (Y me pregunto, ¿hasta qué punto sirve hacerle pasar ese mal rato? ¿Tendrá la esperanza de que contarlo pueda cambiar algo? ¿Creerá que podía hacer algo por él? ¿O simplemente quiso ser amable con la blanca que se interesó por su historia?).

Las ongs luchan por hacer llegar lo básico para subsistir a esas miles de personas que huyen de Boko Haram pero no se aprenden los nombres ni todas las historias que hay tras cada una de ellas. Es imposible. Son miles y miles es un número muy alto. Si ya sólo una persona sufre es un número muy alto. Pero la vida de Bakondo es como ese árbol que cae en el bosque y, aunque no estemos presentes, suena. Él seguirá su día a día cuando salga del hospital, aunque ni siquiera sabe cómo. Seguirá con aquella “suerte” de haberlo perdido todo menos la vida. Seguirá con la “suerte” de no haber muerto y perder “sólo el brazo”. ¿Seguirá con la mirada perdida? No sé qué pasará con la vida de Bakondo pero quiero creer que, con todo el esfuerzo del mundo y con recuerdos terribles, seguirá y saldrá adelante.

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Bakondo Ibrahim en la cama del hospital de Diffa el mes de mayo 2015 junto a su mujer. / M.R.


La historia de Bakondo Ibrahim y la crisis humanitaria que vive la región de Diffa (Níger) por los ataques de Boko Haram ha sido publicada en el diario El Comercio (Perú) en su versión en papel (31-05-2015).

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