Muchos árboles y unos cuantos policías corruptos

– ¿Podría decirme, por favor, qué camino debo tomar desde aquí?  –Eso depende, en gran medida, de a dónde quieras ir. –Eso no me importa mucho  –Entonces no tienes problema con el camino que cojas  –Con tal de que llegue a alguna parte…  –Oh, seguro que lo harás con tal de que camines lo bastante.

Esta es la conversación de Alicia con el gato de Cheshire en la famosa obra de Charles Lutwidge Dodgson, más conocido por su seudónimo de Lewis Carroll. Un diálogo que define bastante bien ese viaje de dos días que hicimos el fotoperiodista Javier Carbajal y yo antes de que me volviera para Burkina Faso.

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Ruta / © Javier Carbajal

Accra es una ciudad ruidosa, donde la luz viene y va con demasiadas horas de espera -lo mismo ocurre con el agua- y está corroída por los malos olores de los canales que están a un lado y otro de las carreteras y caminos, así como por los coches que no respetan a los peatones, que si estuvieran en un videojuego seguramente te aplastarían y seguirían su camino sin importarles. O igual creen que somos fantasmas, que vagamos sin destino ni prisa y que somos traspasables sin sufrir daño alguno. Llegó un momento en que esa ciudad caótica, que no para de crecer y que en muchas zonas podrías pensar que estás en Europa, pudo con nosotros. No me ha ocurrido esto ni en la capital senegalesa (Dakar) ni en la burkinesa (Uagadugú). Necesitábamos un cambio. Necesitábamos aire, aire de verdad. Así que decidimos irnos en dirección Lago Volta. Esperad no. Rebobinemos un momento.

Había otro lugar (ver entrada en este blog: La historia tras el reportaje) que nos parecía interesante para escribir y fotografiar otra historia: Buduburam, un campo de refugiados abierto por ACNUR desde 1990 a 44 kilómetros de Accra debido a las guerras que azotaron en aquella década a Sierra Leona y Liberia. Fuimos a pedir los permisos y, en última instancia, el Ministerio de Interior ghanés nos impidió la entrada “porque sois periodistas”, dijeron. Visto que el primer plan estaba descartado y nos quedaban poquitos días en Ghana (menos a mí que a él) fuimos a por el segundo plan. Ahora sí, decidimos irnos en dirección Lago Volta.

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Hotel perdido en cualquier lugar del mundo. / © Javier Carbajal

Pillamos carretera y manta y con un coche prestado nos fuimos destino Lago Volta, aunque realmente sólo sabíamos que teníamos que ir dirección norte, al este de Ghana. Javier conducía, yo daba “por saco” mientras me acomodaba echando para atrás lo máximo posible el asiento y colocaba los pies encima de la guantera. Así, y con ayuda del GPS del móvil, buscamos en el Google Maps como llegar a alguna zona cercana al lago. El primer día pasamos carreteras principales “como dios manda” pero también carreteras secundarias con baches de los que Javier se burlaba en los dos sentidos de la palabra y a mí me inspiraban nostalgia de las calles de tierra de la capital de Burkina. El segundo día muchas de las carreteras secundarias fueron mejores que las primarias. De este modo, entre canciones repetidas por la poca relación entre el poco repertorio y el número de horas en carretera, y unas cuantas notas musicales que se marcó el fotoperiodista (canta muy bien) llegamos a una de las zonas del Lago Volta y de allí a un precioso hotel perdido en cualquier lugar del mundo. Allí donde, agotada de no hacer nada, con el susurro de los grillos me dormí a eso de las ocho de la tarde.

El pueblo al que habíamos ido a parar era hermoso. Detrás de aquellas casas, tiendecitas y puestos callejeros se levantaban unas verdes montañas. La luz del sol daba un tono cálido y acogedor al atardecer y al amanecer. Habíamos pensado que al día siguiente seguiríamos un poco más al norte, aún en torno al Lago Volta pero aquella mañana Javier decidió que serían su interior, su instinto o su vista quien diría cual sería la carretera a seguir. -¿Hacia dónde? ¿Hacia dónde quieres ir?, como le dicen a Sara en la película ‘Dentro del laberinto’ (1986) mientras las manos la sujetan en un oscuro agujero. –Hacia allá- dijo Javier señalando el camino –me gusta, me apetece ir por aquí-. Y cogimos esa ruta rodeada de colinas y repleta de vegetación pensando que nos llevaba al norte y al final nos llevaba de vuelta al sur. Y vimos un amanecer precioso y unos paisajes que ni una descripción escrita ni una buena foto pueden retratar convenientemente.

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Amanecer. / © Javier Carbajal

Cuando dejamos atrás esa verde arboleda, esa niebla que veíamos desde un punto más alto  encima de las copas de los árboles como si aquella noche las hadas hubieran soltado todo el polvo mágico a través de sus bostezos y alientos dormidos hasta dejar claro a cualquier transeúnte que aquella zona es fantástica y es a ellas a quien pertenece, llegamos a la entrada de la ciudad de Ho. Mira que Javier había sido pesado con eso de que había que abrocharse el cinturón, pero entre tanta subida y bajada del coche para contemplar los paisajes… -No salgas, ya lo arreglo yo- me dijo. Y allí me quedé contemplando por el retrovisor como discutía con el policía que, como luego me contó, le decía que había ofendido a Ghana al no llevar el cinturón puesto. 20 cedis de soborno (5,05 €). O eso o ¡ir a la cárcel! (¿?) y nos fuimos, con el cinturón puesto (‘eah’).

Pasó menos de una hora cuando, cruzando un parque natural protegido, Javier hablaba de la cantidad de cigarrillos que se había fumado aquella noche charlando con el chico que cuidaba del hotel y se encendió uno poco antes de que pasáramos por otro puesto de policía. Javier me pasó el cigarrillo, me pidió que lo apagara y lo dejé cerca de mi asiento. Isaac nos paró. Este nos saludó dándonos la mano a través de la ventanilla. Primero a él, luego a mí. –Fumar conduciendo está fuera de la ley-nos dijo. –La que fumaba era ella-le dijo Javier a Isaac señalándome. Y le hizo salir del coche. Y yo decidí que también me bajaba que para eso “era yo” la que se había fumado el cigarrillo. Isaac le pidió que abriera el maletero y al mismo tiempo le preguntó que si yo era su mujer. Como no lo era, me tiró los tejos, allí en mitad de la nada, y me preguntó que si no me gustaría casarme con un oficial ghanés. Pues no, con él no, para qué lo vamos a engañar. Javier me pidió con discreción y en español que le siguiera el rollo. Y, con el teléfono y el nombre de este policía apuntados en mi libreta nos libramos de otro soborno.

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Paisaje pocos minutos después de dejar el pueblo. / María Rodríguez

Creíamos que había terminado pero nos faltaba un tercer policía quejica y corrupto. El señor miserable le voy a llamar porque su cara y su soberbia de tener el poder de hacer lo que le diera la gana me indignaron. Nos pararon una vez más antes de pasar un puente, en mitad de una ciudad o un pueblo. ¡Delante de todos! Le pidieron el carnet, se lo quedaron con ellos mientras nos hacían esperar y cuando al tío le dio la gana lo llamó a una pequeña casita donde lo que hiciera quedara entre el blanco y él. Javier me dijo que cuidara el coche y dejó las puertas abiertas, una de ellas rota que no se podía cerrar si no era con la llave que él llevaba. No podía moverme. Mientras tanto… allí dentro, el miserable le pedía pagar una multa de 600 cedis (151.39 €) por no llevar el triángulo, (pero, ¡¡quién lleva triángulo en África cuando poner unas ramas verdes en mitad de la carretera ya deja claro que el coche se ha averiado o ha habido un accidente!!). –Nos habéis parado ya dos veces. Se lo ha quedado tu compañero-mintió Javier. –Pero ya no lo tienes-le respondió aquel. Le dijo que se quedaría con su carnet de conducir y que tendría que volver a por él y pagar la multa. O eso, o la cárcel. El policía le pidió 50 cedis (12,62€), Javier le dijo que le daba 30 (7,57€) pero el policía le dijo que no. Javier le dijo que 50 era lo único que le quedaba para el viaje así que el policía le dijo que llamara a su mujer, o sea yo. –Ella tiene menos que yo-le respondió Javier al policía. Le dejó en la mesa los 50 cedis que el policía tapó con la hoja en la que de mala manera estaban impresas esas leyes de conducción y se fue. (¡Ojalá me hubiera llamado aquel miserable! La tarea que se me había encomendado de cuidar el coche mientras ese hombre se salía con la suya me daba impotencia y me generaba ira). Y el trayecto después de este episodio en el coche se mezcló en una conversación con frases de rabia, de maldiciones, de nuevas vías de escape para el próximo puesto policial que, al final, acabaron en risas.

Como apunte, las cifras en euros que os estoy dando parecen ridículas pero no lo son tanto cuando se piensa en cedis, de los cuales llevábamos unos 250 (63,08 €) para cubrir la gasolina, el hotel, la comida y los imprevistos. ¿Qué deberíamos haber llevado más?, podríais pensar algunos. Pues, si con menos de 250 se vive una semana en Accra que no es precisamente barata, esa cantidad nos pareció suficiente para un viaje de dos días.

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Lago Volta / © Javier Carbajal

Y ahora, ¿Hacia dónde? O volvíamos por un trayecto sencillo al lugar del que partimos que estaba ya a unos 66 kilómetros o volvíamos a perdernos, hacia un pueblo cerca de la costa para ver el mar, por donde había que volver a pasar un puente donde podríamos volver a encontrarnos a otro policía. Y sólo nos quedaban 20 cedis (5,05€) que me guardé a un lado del sujetador por si con suerte podíamos librarnos de volver a pagar por ser blancos. Y después de pararnos para comer unas habichuelas que a Javier le gustaron pero a mí no y que nos costaron poco más de 63 céntimos de euro entre los dos, decidimos que hacia la costa. El policía de semblante serio que nos cruzamos no nos paró. Y acabamos en una playa de pescadores. –Qué mejor lugar para terminar el viaje-dijo Javier fumándose otro cigarro sentado en la arena.

“– ¿Podría decirme, por favor, qué camino debo tomar desde aquí?  –Eso depende, en gran medida, de a dónde quieras ir, -dijo el Gato. –Eso no me importa mucho, dijo Alicia  –Entonces no tienes problema con el camino que cojas, dijo el Gato –con tal de que llegue a alguna parte…, añadió Alicia como justificación.  –Oh, seguro que lo harás “, dijo el Gato, “con tal de que camines lo bastante”. Y así lo hicimos.

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