La historia tras el reportaje

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Javier fotografía a un grupo de chavales jugando al fútbol sobre el serrín. / María Rodríguez

Estoy pensando en el sonido de su cámara, en su manera de disparar y decidir a qué (o quién) y cuándo. No sólo hay muestras de su personalidad en cada detalle, sino que además es un grande. Que él lo sepa  (o no) no es importante, lo que verdaderamente importa es que no se rinde, insiste y tiene claro lo que quiere: que el fotoperiodismo sea su medio de vida. Y lo será, “a pesar del rechazo y las ínfimas probabilidades” como dice el loco de Bukowski, “y será mejor que cualquier cosa que pudieras imaginar”. Sus herramientas son su sonrisa, su cercanía, su paciencia y una cajetilla de cigarrillos que promete que va a dejar pero, eso está por ver (De hecho me cuenta que sólo fuma cuando viaja pero…). Pregunta cosas aparentemente nimias, charla del futbol español, conocido en todo el mundo y muy admirado en África, y espera. No tiene prisa. Vuelve al terreno las veces que haga falta porque para él lo importante es hacerse invisible. Captar a través de las fotografías la realidad sin interferir. Aunque en el fondo quiere que el mundo cambie y que sea más justo. Para él lo esencial es ser buena persona. Crecer en ese sentido es el camino y la meta. Y lo demuestra en cada gesto. Y eso me recuerda a lo que decía el periodista polaco Ryszard Kapuściński: “Para ser buen periodista hay que ser buena persona”.

Hablo de Javier Carbajal, compañero en mi viaje a Ghana sin siquiera pretenderlo. Escribí en Facebook que iba para Ghana, Lola Hierro (otra grande) me leyó, y me avisó de que Javier estaría en las mismas fechas por allí. Teníamos que vernos.

Cuando llegué a Accra el autobús me dejó en Agbogbloshie, el lugar al que quería ir, y yo ni siquiera sabía que ese gran vertedero tecnológico lo tenía justo al lado (ver la entrada en este blog ‘Ese gran cartel’). A Javier le pasó algo parecido. Le habían hablado de Old Fadama, el barrio más pobre de Accra y estaba interesado en hacer un reportaje sobre ese lugar. Un chico al que yo había conocido durante una de mis visitas a Agbogbloshie me dijo que si quería conocer el sitio donde vivían y dormían las personas que trabajaban con los residuos tecnológicos. Le dije que sí y un día fuimos a dar una vuelta por allí que, lo admito, me dejó helada. –Tienes que ver cómo juegan los niños entre la basura, que no es sólo tecnológica. Las calles por las que la mierda se acumula en algo que pretende ser un alcantarillado (muy) rústico pero que sólo provoca un aspecto más nauseabundo al lugar. Los niños, tienes que ver a los niños.- le conté a Javier. Él decía que tenía que elegir, o los niños con los que yo me había encabezonado, esa otra cara de Agbogbloshie, u Old Fadama, ese barrio más pobre de Accra. –Vayamos a ver a los niños- me dijo Javier –ya conoces el sitio y si nos da tiempo visitaremos también Old Fadama.

Agbogbloshie Old Fadama Accra Ghana

Al fondo, Agbogbloshie, donde se procesan los residuos tecnológicos de Ghana y el mundo. Al otro lado del río/cloaca viven quienes trabajan allí junto a sus familias. En la foto, un grupo de chavales juega en medio de basura. / María Rodríguez

Así lo hicimos. Lo primero que impresionó a Javier fueron los fuegos y humos de la quema de cables para obtener el cobre, al otro lado del río. –Vayamos para allá y luego venimos aquí-me dijo. Pero yo insistía en que había que hacerlo al revés porque yo ya había estado en Agbogbloshie y ese reportaje ya lo había publicado. Tiramos para adelante, sorteando basura, excrementos, alguna que otra parte de un teléfono, de un ordenador, de una tele… Y ya, cuanto más andábamos, el suelo se inundó en serrín que se metía en las botas y se te clavaba en los calcetines. Una gracia. Así, saludando a gente aquí y allá ante la imposibilidad de pasar esos dos blancos desapercibidos, llegamos a un lugar donde los niños cagaban en medio de la basura. Entonces se nos acercó Mohammed, le explicamos lo que hacíamos allí y nos invitó a conocer al jefe, Salam. Nos invitó a su “palacio”.

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Una pequeña juega en el suelo de una de las calles del barrio situado al lado de Agbogbloshie, uno de los lugares más contaminados del mundo. / María Rodríguez

A través de Salam conocimos la realidad de esa otra cara de Agbogbloshie y el tema ya no pasaron a ser los niños que, en un primer instante, como criaturas inocentes de todo este asunto, me habían conmovido. Fuimos varios días cuyo número exacto no sabría decir, nos encontramos ante situaciones rocambolescas como ver entrar en la estancia del jefe a un policía mientras aquel guarda en pequeños saquitos marihuana que amontona en una enorme bandeja y este nos sonríe como si fuera lo más normal del mundo encontrarse con dos blancos allí sentados. Como dice Javier, sólo le faltó pedirle una bolsita y encenderse un porro delante de nosotros. Total…

Fue en una de esas visitas cuando Javier, charlando con el jefe, preguntó: -¿Entonces, este lugar es como tu país, un lugar a parte a Ghana, no?- así, haciendo un poco la metáfora dentro del contexto de la conversación. –Eso es-, respondió Salam, y luego le preguntamos que si ese “país” tenía un nombre. –Sodoma y Gomorra- respondió mirando y sonriendo con complicidad al resto de muchachos que estaban allí con nosotros. No nos enteramos muy bien de las palabras que había pronunciado así que nos miramos para ver si alguno había comprendido y, viendo que no, Javier sacó la libreta para que le deletreara lo que acababa de decir. El jefe dejó aquellas palabras a un lado como si formaran parte de un chiste barato y en su lugar respondió: Old Fadama. (Ya podéis imaginaros la cara de Javier, un poco así como la mía cuando vi el cartel de la compañía de autobuses ‘Imperial Express’ al salir del vertedero en mi primera visita).

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Algunas zonas de Old Fadama no te dejan indiferente. Sorprende imaginar que hay gente viviendo allí (entre tanta mierda) desde hace años. / María Rodríguez

Me estoy acordando del sonido de su cámara, que ya es invisible a los ojos de la gente de Old Fadama, de cómo se agacha un poco al escoger una escena o cómo con sólo pulsar una vez el botón ya sabe si tiene o no la foto que desea, ya sabe si la luz que ha entrado en la cámara es la adecuada, cómo no necesita mirar la pantalla para saber si está bien o está mal, o si necesita hacer otra. Porque conoce su foto, porque sabe lo que hace. Javier es un grande, que él lo sepa  (o no) no es importante.


Aquí los enlaces al reportaje que hemos publicado juntos: fotogalería y texto en la sección Planeta Futuro de El País.

Y, si queréis conocer y sentir las impresiones que esta experiencia causó a Javier Carbajal (y ver más fotos) no os perdáis esta entrada que publica en su blog Otra mirada de OM ColectivoOld Fadama y los viejos cristales de Europa

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