Bendita luz

Y me vine a Ghana, así porque quise. Y, sin quererlo, el viaje a Accra no fue sólo para descubrir otro lugar de tantos que desconozco en este mundo sino, además, para perderme en mi misma y buscarme en aquellos recovecos a donde no llegaba la luz. La luz ¡Bendita luz! Me parece hasta paradójico escribir esto desde Accra cuando si algo tengo que destacar de este viaje es que echo de menos la electricidad, que gire el ventilador en mi habitación cuyas ventanas que no dejan pasar la luz tampoco dejan pasar el aire, que el ordenador funcione más allá de la autonomía de la batería, ¡y el teléfono! 24 horas sin luz, 12 con. Así llevamos como una semana. Dice el gobierno de Ghana que hay una crisis energética pero que la solucionarán. Y mi padre quejándose ayer en Facebook al concejal de turno porque no había luz en mi barrio una noche…

A pesar de ser Ghana uno de los países más desarrollados de la región occidental el continente, en Accra las idas de luz son una constante. Esto tiene su explicación. Según me contaba una amiga, es una ciudad que ha crecido tan deprisa que, a pesar de tener electricidad no tienen las infraestructuras adecuadas para abastecer a todo los barrios al mismo tiempo. Así que se van turnando. Yo que no vivo aquí no me lo sé pero suele ser un horario claro, saben cuándo se va a ir, cuándo van a tener y cuándo no. Y en función de eso uno se organiza. Pero parece ser y, por lo que me cuentan, que en esta temporada que he decidido pasar en Accra el suministrador de luz se ha vuelto loco.

-¡La luz ha vuelto! ¡La luz ha vuelto!- gritaba a las once de la mañana de ayer Rose, la señora que limpia el lugar donde me albergo, al descubrir la luz del cuarto de baño encendida. Según nuestros cálculos no debía venir hasta las seis de la tarde así que fue como un regalo o como un milagro. Cuando vuelve la luz por las tardes son las vecinas que tienen un patio de marujeo justo al lado de mi ventana por la que sólo entra ruido las que me avisan de que la luz ha vuelto a vítores y subiendo el volumen de la música como si fuera una fiesta. Si estoy en casa, suelo estar con la linterna leyendo algo en la oscuridad si la batería del ordenador se ha terminado y al móvil le queda la justa y al escucharlas sonrío. Yo también me alegro ¡tanto! Creo que es el único momento en el que me alegro de escucharlas. (El patio de marujeo es maravilloso para el que lo disfruta pero no para el que lo padece…)

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Esta es la foto despreocupada y sin prestar atención a los elementos que envié a mi madre para que viera donde estaba.

El otro día fui a la peluquería. Quien me conoce, a mí y a mi pelo, sabe que unas trenzas para el calor y por confort me vienen de lujo. Y mientras esperaba a que fuera mi turno me puse a hablar con mi madre por Whatsapp. Me pregunta que en qué ando y le digo que estoy en la peluquería. Hablamos de la diferencia de los precios de ir a la peluquería aquí y en España, me pregunta que si mi rizo está bufado y le cuento que sí porque Accra es una capital costera, un puerto, como otros muchos, creado a placer de los intereses coloniales en sus tiempos (fijaros en como la mayoría de las capitales africanas están cerca de la costa. Qué mejor lugar para robar materias primas, animales y también humanos qué llevarlas a los puertos y salir por patas por el mar hasta casita) y, como no, me pide una foto para saber cómo está su hija. Así que le mando una foto de la peluquera trenzando mi cabellera. –Tiene 23 años y la peluquería es suya- le cuento a mi madre. –Mira! Una empresaria- me responde mi madre. Y le explico que aquí en África las mujeres se lo curran mucho y, recordando que le conté que aquí, habitualmente, no tienen tanto pelo como yo, que se ponen extensiones, me dice –pues si por allí no tienen muchos pelos… es arriesgado montar una peluquería-. Pero no, hay miles. En mi calle de Accra se pueden contar más de 10 peluquerías sin problema. –Y llenas siempre-le cuento. Aquí se ponen pelo postizo, se hacen trenzas, tipos de peinado hay miles y también usan mucho las pelucas. Justo un minuto después de contarle esto le digo –Ahora se ha ido la luz y trabaja a oscuras, ¡qué hartura de Accra!-. Mi madre me responde: te vas a llevar un oscuro recuerdo.

Me quedo alucinando por cómo la chica no se indigna al irse la luz. Solo señala lo evidente y murmura algo así como, “ohh, la luz se ha ido” y seguidamente busca una pequeña linterna y sigue haciendo las trenzas con ésta en la boca (!).  Le enciendo la linterna del móvil para que tenga más luz en aquella pequeña peluquería. Me toco la cabeza para saber cuánto pelo queda, lleva ya más de dos horas y para acabar con mi pelo tres horas son inevitables. Al ver que compruebo cómo va me dice: “no te preocupes, acabo en pocos minutos”. Pocos minutos aquí son unos 30, 45 minutos más o menos. Y después me pregunta que si estoy cansada. ¡Pero si la que tendría que preguntar eso soy yo a ella! Lo que si me cansan son los mosquitos que han aprovechado la oscuridad de la noche para comenzar a devorar.

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Esto es una recreación de la peluquería sin luz en el momento antes de encender primero la chica su linterna y después yo el teléfono móvil. También sirve para saber lo que se ve en mi habitación cuando no hay electricidad o como muestra de que no tengo fotos de este viaje…

De repente se escucha a unas chicas gritando fuera en alguno de los idiomas locales de aquí (¿igual Twi, igual Ga? No tengo ni idea… en Ghana hay 79 lenguas según Wikipedia!) y la peluquera responde también a voces a ese lugar indefinido en la calle oscura y se ríe. -¿Qué dicen?- pregunto. –Dicen que si ya he conseguido un generador para la peluquería porque ven desde fuera la luz de tu teléfono- me responde. Me rio. Seguro que los ghaneses tienen muchas más bromas relacionadas con las idas de luz y con los generadores que sólo tienen aquellos que pueden permitirse gastar en combustible. Es el pan de cada día.

Vuelvo a casa y ese día duermo sin luz. La siguiente noche también toca sin electricidad y me levanto a eso de las cuatro y media de la mañana porque no entra ni una brisa de aire por las ventanas y me cuesta volver a pillar el sueño. Así que me quedo en la cama y decido leer para hacer pasar el tiempo y con suerte volverme a dormir. A eso de las seis y media empiezo a escuchar un ruido. Viene del techo sí. Lo escucho como algo familiar pero al mismo tiempo siento que algo no va como siempre o, lo que es lo mismo, que algo va. Es el ruido del ventilador. El aire que genera me alivia. Pero en lugar de intentar dormir me despierto y enciendo la luz. Pongo a cargar el ordenador y lo enciendo. Hay que disfrutar de las 12 horas con. Nunca había sido tan valiosa la electricidad para mí.

Reviso la actualidad del continente africano, luego la mundial, le echo un ojo a la nacional, reviso todas las redes sociales, que ya son demasiadas, y miro el correo. Salgo de la habitación para prepararme un café, que, como a la casera no se le ocurre otra cosa mejor que poner los fogones eléctricos, hacerse un café caliente o cocinar también es un lujo. Lo pienso de veras: ¡Bendita luz!

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