El cuento de las botellas de litro

IMG_6739A los pocos días de llegar a Burkina Faso me encontré con pequeñas tiendas en la calle que vendían unas botellas como las de la foto. No sabía que era exactamente así que pregunté. Después de descubrir de qué se trataba se me ocurrió que la mejor manera de contarlo era a través de un cuento. Así que aquí va: ‘El cuento de las botellas de litro’. Los personajes pertenecen a mi imaginación pero está basado en hechos reales.

Había una vez…

En África existe un país al que llaman Nigeria. Cuentan que allí hace muchos años encontraron una sustancia líquida que a veces es negra, a veces verde o de otros colores, y que es codiciada por tooodo el mundo. Hay quienes la llaman oro negro, otros la llaman petróleo. Con él se fabrican tantas cosas que la lista sería infinita: desde ropa hasta joyas, utensilios de cocina, juguetes para los niños, mesas y sillas, piezas para ordenadores y otros aparatos electrónicos, carreteras y además, si se introduce en un vehículo le permite caminar. Y sólo llega tan lejos como esta sustancia se lo permita. Dicen que quien tiene el poder sobre el oro negro tiene el poder de mover el mundo.

Las gentes más ricas del planeta sabían que lo que había en Nigeria era esencial para su supervivencia como reyes y para mantenerse en sus castillos, así que decidieron crear e instalar grandes máquinas que sacaran ese producto de debajo de la tierra y de las profundidades del mar para guardarlo para ellos y venderlo por todo el planeta, así conseguirían ser más y más ricos aún.

Hay quien dice que el lugar donde se encuentra el petróleo era uno de los lugares más bonitos del mundo: el delta del Níger, un río muy largo que cruza la región de oeste a este desde el Futa Jalón, la zona en la que más llueve del África Occidental, y muere en el mar Atlántico, al sur de Nigeria. El río Níger muere allí no sólo porque termina su recorrido sino además porque desde que aquellos ricos instalaran las máquinas y las tuberías recorridas por el petróleo, aquel hermoso lugar ha perdido su grandeza. Las flores no florecen, los campos no producen comida, los peces mueren en un mar en el que ya no pueden respirar y la gente enferma con más facilidad. Quien vive allí no puede hacer nada, pues son los ricos los que mandan.

Esos ricos del planeta no se preocupan por las cosas bellas aunque siempre desean que su castillo sea el más bello. Para ellos lo importante es conseguir todo el oro del mundo ya sea el amarillo, el negro (petróleo), el blanco (algodón), sólo eso les interesa, ¿y los demás? No les importan. Pero tampoco es que sean malos. Lo que les ocurrió es que hace tiempo les atacó una enfermedad de la que es difícil curarse. Esa enfermedad se llama avaricia. Después de comer siempre tienen más hambre y cuando consiguen algo siempre quieren más.

1359540563_191441_1359541831_noticia_normalUno de los motivos por los que el hermoso delta del Níger fue contaminado es porque cada vez que se extrae el oro negro del fondo de la tierra o del mar siempre se esturrea algo y así, poco a poco, el futuro comienza a ennegrecerse. Otro motivo es que las instalaciones creadas para guardar el petróleo, las tuberías que invaden el lugar, a veces tienen pequeñas heridas que supuran esta sustancia.

Akin, que quiere decir ‘chico valiente’ era un chaval de aquellas tierras. Desde que nació había observado esas heridas en los conductos y se le ocurrió una idea. –Si esos grandes señores venden el oro negro para ganar mucho dinero, ¿por qué no yo?- se dijo. Así que un día decidió contarle el plan a su mejor amigo. Juntos crearían diversas rutas con amigos y conocidos por otros países de África para comerciar aquel oro negro que se escapaba a los ricos comerciantes. Una de las rutas empezaba en Nigeria y subía hasta Chad y de Chad llegaban a Níger y así pasaban por el norte, la zona que casi es desierto sin que nadie se diera cuenta hasta Burkina Faso. Aunque a Burkina Faso llega sobre todo por el sur a través de otro país llamado Benín. Traficantes les llamaron. Como si los grandes ricos no se merecieran ese nombre.

En el norte de Burkina, a tan sólo 14 kilómetros de la frontera con Níger se observa cómo van y vienen los coches de los traficantes. A menos de 10 kilómetros ya están los primeros clientes que se extienden por todo el territorio de Burkina. El oro negro se compra por bidones y quienes los compran lo distribuyen en botellas de vidrio de litro. Decoran las calles de la capital, las ciudades y los pueblos y, aunque son peligrosas porque se pueden caer al suelo o si alguien enciende cerca un cigarrillo pueden provocar un incendio y el comerciante puede salir herido, es más barato que comprar gasolina en la estación y el negocio funciona.

¿Que qué pasó con Akin? Bueno… la gente murmura que un día en mitad de la noche lo descubrieron cogiendo el oro negro de una tubería herida, lo llevaron al castillo de uno de los ricos y lo acusaron de robo. Pero, ¿Quién es en esta historia el ladrón? ¿Es que sólo los ricos señores tienen derecho a burlarse de la ley y del mundo? Después de pasar varios días en la cárcel Akin estuvo reflexionado y finalmente decidió continuar con sus rutas y su negocio. Él también había enfermado de aquello que llaman avaricia.

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